Palabras que abren caminos. Bajo este título, llega la III edición del Concurso de Relato Corto de Campo Real. Una oportunidad para que aficionados a la escritura o profesionales demuestren su originalidad en tan sólo 5 hojas ¿Te atreves?

BASES:

1. Podrán participar en el certamen todos los escritores que lo deseen residentes en la Comunidad de Madrid, mayores de 16 años.

2. Se presentará un sólo relato por persona en formato PDF, con la temática "PALABRAS QUE ABREN CAMINOS” y con una extensión comprendida entre tres y cinco hojas en A4, formato aproximado de treinta líneas, por una sola cara y escrito a ordenador, letra Arial, tamaño 12. Es condición indispensable que sea original, inédito y no premiado en otros certámenes. "A través de este tema se pretende resaltar el poder de los libros para abrir nuevos horizontes, fomentar la imaginación y mostrar como la lectura puede convertirse en una fuente de bienestar personal, refugio emocional y crecimiento interior".

3. El plazo de presentación será desde la publicación de estas bases al 16 de abril, incluido. Solo participarán en la fase de concurso los cien (100) primeros relatos presentados.

4. Los relatos deberán ser presentados en formato electrónico a través del siguiente correo electrónico: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo. especificando en el asunto: "III CERTAMEN RELATOS CORTOS".

5. Los trabajos, perfectamente legibles, irán sin firmar. En la portada solo se escribirá el título del relato. Se adjuntarán tres archivos:

  • el primero contendrá el relato y título de la obra. En formato PDF
  • el segundo documento contendrá el título del relato, los datos personales del participante, teléfono y email;
  • el tercer archivo será una copia del D.N.I, Pasaporte o NIE.

6. Se establece el siguiente PREMIO para el relato ganador:

  • UN VALE REGALO POR VALOR DE 30€ donado por la librería “+QUELIBROS”, para consumir en su establecimiento.
  • UN LOTE de productos típicos de nuestro municipio, a cargo del Ayuntamiento de Campo Real.

Dicho premio se entregará durante la III feria del libro de Campo Real, siendo indispensable la presencia del ganador/a.

 La no comparecencia sin causa justificada significará la renuncia al premio. 

7. El fallo del JURADO, cuya decisión será inapelable, se hará público el día 25 de abril del 2026.

Para ello, las personas que lo conforman entregarán la VALORACIÓN de los RELATOS, en base a unos criterios objetivos establecidos, al concejal de Cultura para que pueda ponerse en contacto con la persona ganadora, por los medios que nos haya facilitado. 

8. El Ayuntamiento de Campo Real se reserva el derecho de publicar alguna de las obras presentadas en sus redes sociales.

El hecho de participar significa el aceptar las presentes bases.

 

RELATO GANADOR:

Segunda Parte

José Miguel Cantarero Blanco

La idea de tener un maestro cuyo nombre fuese casi impronunciable, Ibtisam, había alterado los últimos días estivales. El cielo dejaba su anodino color veraniego para empezar a vestirse diferente, diverso. Algo comenzaba a agitarse en él como lo hacía en el parlamento nocturno de aquellas típicas calles castellanas con encaladas viviendas. No se hablaba de otra cosa

¿Dónde había quedado la sempiterna Doña Jesusa? ¿Y Don Eulogio? ¡O Don Evaristo! La memoria de aquellos custodios de las aceras no podía ir más atrás en el tiempo y no lo hacía porque no había habido más maestros; cada uno acumulaba décadas de trabajo y varias generaciones en aquel recóndito lugar.

Tres de septiembre, lunes. A pesar de la verbena de la noche anterior las persianas cercanas al colegio comenzaron a enrollarse antes de las nueve, los transeúntes hacia la panadería más madrugadores de lo habitual para aquellos festivos días y las escobas barriendo la calle. Cada uno en su labor pero todos los ojos, discreta o indiscretamente, mirando al colegio. Error de cálculo. Alguien ya estaba dentro y sólo podía ser el maestro.

La mañana se fue desarrollando con cierta normalidad pero sin perder de vista el centro escolar. En algún momento tendría que salir, tendría que comer o irse a casa. Y ese instante llegó. Pasadas las dos de la tarde, cuando ya no había más excusas para ir a comprar porque la panadería y el colmado estaban echando el cierre y los temas de conversación impostados agonizaban, se escuchó una llave que, desde dentro, desbloqueaba la cerradura. La puerta crujía a la vez que se abría.

La persona que salía del edificio era una mujer. Una mujer joven, de tez morena, tostada; ojos negros, enormes, volcánicos cual cráter dormido. Un serpenteante pelo azabache cubría su espalda sobrepasando la cintura.

Pantalón verde de lino y camisa blanca del mismo tejido. Bailarinas bereberes con motivos tribales y colores diversos. Se quedó mirando a la audiencia allí detenida y sonrió. El público correspondió: gesticulando con manos, brazos, elevando la barbilla ligeramente o, simplemente, diciendo: - “Hola, buenas tardes”.

Durante esa semana no se habló de otra cosa. No era maestro, sino maestra. Y a buen seguro que “no era de aquí”, decían algunos. Otros tenían clarísima su procedencia:

-    Es mora. Mira que color de piel tiene.

Lunes diez de septiembre. Nueve de la mañana. Las fiestas populares habían terminado un par de días atrás y, poco a poco, había que retomar la rutina, entre ellos los apenas doce niños y niñas de edades varias que conformaban el grupo escolar. Aquel primer día todos los parientes cercanos, y no tanto, se agolpaban en la entrada al recinto. La expectación era máxima.

Los pequeños reflejaban en sus rostros, a la vez, la despedida del tiempo libre con el inicio de la rutina.

La puerta chirrió como lo llevaba haciendo décadas. La profesora abrió y cerró varias veces prestando atención al sonido. Se perdió de nuevo en la oscuridad del edificio y volvió en pocos segundos con un espray que agitó enérgicamente. Pulverizó en las tres bisagras a la vez que la movió repetidamente hasta que dejó de sonar. Entonces, y sólo entonces, elevó la cabeza, sonrió y con paso decidido se acercó hasta donde estaba la multitud observando.

-       Buenos días. Me llamo Ibtisam y voy a ser la maestra. Que los pequeños y pequeñas vayan pasando, por favor.

Un murmullo se apoderó de aquel instante. Despedidas, abrazos, besos, últimos retoques en ropas y pelo.

-       Pórtate bien. –Susurraban algunas madres.

-       ¡Adiós hijo! Cómete la meriendilla. –Gritaba una de ellas.

-       ¡Hale! Se te acabó lo bueno. A dar guerra a la maestra. – Decía alguien de forma más expeditiva.

Ibtisam iba dando los buenos días a cada uno de los niños que entraba a la vez que escuchaba con atención. Siempre sin dejar de sonreír. Cuando pasó el último se dirigió a la puerta y, mientras cerraba, dijo en voz alta:

-         Recuerden que la hora de salida es a las dos de la tarde. Pasen buen día.

Dio la vuelta y se marchó casi corriendo para alcanzar a la última pequeña que entraba a la que rodeó con su brazo derecho mientras se agachaba para decirle algo. Cerró la segunda puerta que, ahora sí, lo hizo en absoluto silencio por primera vez en años.

Las persianas empezaron a enrollarse, las luces a iluminar las ventanas y el público, que seguía sin moverse, comenzó a hacerlo.

Una vez dentro, con todos sentados en los sitios que cada cual había elegido, las mochilas colgadas en las sillas y las chaquetas de unos pocos en el perchero, entonces, y sólo entonces, los niños y niñas devolvieron a la maestra esa mirada de atención, escucha y silencio que esta reclamaba sin decir una sola palabra. La quietud se apoderó de la situación. Ibtisam comenzó a hablar:

-       La historia que os voy a leer la aprendí de mi madre, que a su vez la aprendió de mi abuelo, su padre; que a su vez la aprendió del suyo. Así nos perderíamos en el pasado: “Hace muchos, muchos años cuatro peregrinos caminaban por el desierto cuando llegaron a un pueblo en el que descansar y poder beber y comer algo. Una vez allí el turco, el griego, el persa y el árabe comenzaron a discutir sobre qué comer con el poco dinero que tenían. Cada uno, en su idioma,

intentaba imponer su gusto culinario. “Angur”, “angur”. – Decía el persa. “¡Inab, inab”. – Gritaba el hombre de origen árabe. “Üzüm”. – Expresó el turco con rotunda solemnidad. “Stafýli, stafýli, stafýli”. – Repetía el griego. La discusión fue subiendo de intensidad hasta el punto de generar atención a todo el que andaba cerca. Un sabio anciano que pasaba por allí se acercó, sin decir una sola palabra les abrió la palma de su mano izquierda para que le diesen las monedas y, apoyándose en su bastón, se dirigió al pequeño mercado que estaba al lado. Compró uvas, volvió donde los peregrinos seguían gritándose cada uno en su idioma, repartió un racimo por hombre y se marchó. Todos querían la misma comida pero no eran capaces de entenderse”.

Boquiabiertos muchos, absortos otros, aquella breve pero intensa historia les había dejado sin palabras.

Ibtisam cerró el pequeño libro del que había extraído el cuento y lo mostró diciendo:

-       Este es el ejemplar del que, durante generaciones, mi familia ha ido aprendiendo lo más importante en la vida.

-       ¿Lo más importante está en ese libro? – Se atrevió a preguntar una de las niñas de mayor edad.

-       Sí. – Respondió la maestra. – Porque en ningún otro libro de cualquier asignatura te van a enseñar que la ignorancia y la falta de comunicación pueden desembocar en discusiones absurdas e innecesarias, como acabamos de ver que les sucedía a los cuatro peregrinos.

Entonces regaló un ejemplar del cuento escrito a mano por ella misma a cada alumno como regalo de bienvenida. La portada y contraportada estaban vacías, cada uno dibujo y coloreó lo que mejor pudo o quiso mientras la mañana se pasó entre lápices de colores y preguntas de todo tipo a aquella mujer que en tan solo una mañana y con un pequeño relato iba a cambiar para siempre la forma y manera de entender la vida. No sólo en los alumnos, también en el resto de hogares pues los pequeños se convirtieron, a su vez, como era su maestra, en trasmisores de aquella enseñanza.

 

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